Y SE LLEVARON LAS ESPERANZAS

Ronald Hill Álvarez
hillron@hotmail.com

Desde lo lejos se notaba el cambio. Desde la vista lejana de PESCANICA y cada vez más al llegar a la Bahía de Bluefields pasando el caño. Desde la isla Half Way Key no había más dudas. Ya no era una península, la naturaleza se encargo de hacerlo una isla en 1988 con el paso del huracán Joan. El trayecto de Bluefields me pareció más corto que en otros tiempos, cuando de estudiante viajaba diario en un pequeño barco. Me dio la impresión de que la distancia también se redujo con el paso del tiempo.

 El oleaje ahora era de mar, de mar abierto. La playa del Tortugero desapareció y me acorde de todos los amigos de la infancia, muchos desaparecidos como borrados por un fuerte viento del Norte en el mes de Noviembre. Ya no podría nadar en el inmenso mar del Caribe y disfrutar de su arena y mucho menos de los frutos de la playa como los inmensos icacos rojos, negros y las deliciosas uvas costeras. La isla de Miss Lilian y su compañera, la isla chiquita,  ya no eran las islas solitarias entre las cuales mirábamos el inmenso sol, entre ellas, en los atardeceres desde la casa de mis abuelos. Ahora estaba habitada y con menos vegetación.

 En la panga, a tres minutos de arribar al muelle de las pangas, el cambio era mucho mayor. La gran aduana y las bellas casas, con sus techos pintados de rojo, de aquellos años de juventud, parecían chatarra oxidada y perdidas en el tiempo. Por todos lados había barcos encallados, oxidados, abandonados. El muelle de las pangas ya no era el mismo, cambio de lugar. En la ensenada, al concluir el largo andén de la calle central, pasando por la casa de los abuelos, se ubica el actual muelle en que atracan únicamente las pangas que hacen el trayecto entre Bluefields y El Bluff. Seguro la ensenada fue dragada porque recuerdo que en ella nadábamos y pescábamos de todo, desde bagres y mutruz hasta chacalines y ninguna panga podía entrar en ella solo los botes de canalete. Al atracar y bajar en el muelle un tumulto de hombres jóvenes y viejos, flacos, demacrados y con la piel y los ojos de color casi amarillo se peleaban por cargar mi mochila. Al instante nos reconocimos. Eran ellos, varios amigos de la juventud, que ahora se ganan la vida cargando maletas y lo que sea para sobrevivir a su manera. John, Pele y Wesley los que ahora recuerdo. Como vieron que no tenía nada que cargar rápidamente me pidieron dinero y definitivamente me negué a dárselo. Que vida, pensé, están más viejos que yo aun siendo más jóvenes. Todo estaba viejo.

 La casa de mi abuelo fue la primera en visitar debido a que se encuentra a unos 20 metros del muelle. Hasta llegar a ella los viejos amigos me acompañaron. Un Hola fuerte de mi parte irrumpió en la casa. Ya no es la misma, el maldito Joan también se la llevó. Estaba diferente, todo diferente. Mi mente regreso a los tiempos de la abuela y el abuelo, a las fiestas de la Purísima y la sala me pareció muy pequeña. Ninguna foto existía, en especial la de mi abuelo Felipe, que colgaba entre la sala y la cocina. Después del segundo Hola, apareció Claudia mi prima.

Al caminar por el anden principal fueron apareciendo como fantasmas aquellas casas grandes, que combinaban perfectamente la madera y el concreto con sus grandes corredores en los que la gente disfrutaba en los atardeceres la majestuosa vista de la bahía de Bluefields con el movimiento de pangas llenas de pasajeros que iban y venían, pequeños barcos que cruzaban transportando todo tipo de mercaderías, barcos pesqueros fondeados en la bahía esperando su turno para atracar en el muelle e iniciar la descarga de su captura de camarones, barcos atracados en el muelle, unos descargando mercadería proveniente de Miami, Panamá o cualquier sitio del caribe y otros cargando bananos, madera, ganado en pie y mariscos procesados. Junto a esto siempre estaban las cuadrillas de estibadores que tenían trabajo permanente en este mundo de puerto, casi la mayoría provenientes de Bluefields, afro caribeños casi todos, que instalaban en casas alquiladas su cocina donde se degustaba la exquisitez de la comida caribe.

Hoy todo solo es parte del recuerdo. La bahía se ha secado por la entrada del mar, los barcos están hundidos convertidos en chatarra, el muelle está parcialmente cerrado, el movimiento de gente trabajando desapareció y no existe actividad relevante. La pesca ha bajado drásticamente sus niveles de captura. La flota de barcos es una flota de chatarra atracada en el muelle sin movimiento. La empresa camaronera enfrenta múltiples problemas. El desempleo es masivo.

La gente de mi pueblo no comprende como es posible que un lugar tan prospero en tiempos pasados hoy sea como un cementerio viviente. Todos se preguntan para donde se fue la riqueza y porque, la que aun tenemos, no puede ser aprovechada para el beneficio de todos. Los hombres, jóvenes y viejos, no ven un futuro promisorio en el mediano plazo. Los políticos no han podido hacer nada por revertir la situación en todas las esferas. La figura del gobernador de la RAAS, por ser un habitante de El Bluff, ha despertado la ilusión de ver florecer nuevamente este pequeño lugar que antes fue una península.

La desesperanza, el olvido, la falta de empleo, todos ellos han convertido a mi querido puerto en un sitio altamente vulnerable a la proliferación del consumo de drogas, ya no solo la marihuana y la cocaína sino también el crack. Es visible el consumo y el tráfico como las casas fantasmas. Que hacer para cambiar esta situación si la misma se ha trasladado a las instituciones que deben velar por la seguridad y el orden?

 

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