Las Playas No Lo Son Todo En Semana Santa

Ronald Hill Álvarez
hillron@hotmail.com

Nueva Guinea, RAAS, April 1-05-Tradicionalmente miles de familias nicaragüenses optan por tomarse sus merecidas vacaciones de semana santa en los diferentes balnearios existentes en la Costa del Pacifico de Nicaragua. Es espectacular el movimiento de vehículos de todos los tipos, particulares y colectivos, que salen de Managua y de los restantes departamentos de Nicaragua en búsqueda de las aguas saladas y orillas arenosas de esas playas. De igual manera es creciente y a la vez visible las mejoras alcanzadas por brindar a los veraneantes, de los diferentes estratos sociales, las comodidades adecuadas acorde a la capacidad de sus bolsillos. La infraestructura turística ha mejorado en los últimos años, la calidad de los servicios crece en menor proporción a la infraestructura y es allí donde mayor inversión, humana principalmente, debe promoverse para hacer mas atractiva la visita a dichos balnearios. El gran impulso que el gobierno ha dado a la construcción de la famosa carretera “la Costanera” es un indicio que el foco de atención para atraer el turismo descansa en la inversión de infraestructura. Es necesaria pero no lo es todo, es preciso invertir en la calificación de los prestadores de servicios pequeños, medianos y grandes, para que continúen siendo atractivas a los nicaragüenses y turistas extranjeros. Una carretera en buen estado que nos lleva a la playa en la que existen locales para nuestra estadía pero sin el calor humano necesario, con el paso del tiempo deja de ser un atractivo.

Una alternativa diferente, subvalorada por la creciente campaña publicitaria a favor de las playas del pacifico, que va creciendo gradualmente es pasar las vacaciones de semana santa en el campo. Si, en el campo, en la finca de los familiares, de los amigos o en aquellas que prestan condiciones para ello y que poco a poco se van ganando un espacio para que las visitemos. Esta alternativa nos brinda mucho, pero mucho más tranquilidad para nosotros y los nuestros, nos llena de paz porque nos aleja del mundo bullicioso, de los sonidos musicales elevados al máximo, del bombardeo hacia el consumismo y de la necesaria y constante vigilancia de nuestros hijos o nietos ante “el hormiguero” de gente que deambula por las playas con múltiples fines mas allá que el de disfrutarlas.

El campo nos recibe con toda su gracia y en estos tiempos de semana santa, en el periodo de verano o seco, se viste de gala. Miles de árboles sobresalen con sus coloridas florescencias como vestidos, cada cual a su propia moda, de colores que van de rosado, amarillo, blanco, rojo según sea la especie. Además los ríos que lo atraviesan se encuentran apacibles y sus aguas de color verde zarco manifiestan sus bancos de arena y lajas inmensas de piedras azules, así como múltiples pozas que son cubiertas de vegetación que torna sus aguas frescas. No dejan de pasar desapercibidos pájaros de diferentes especies y colores que con sus cantos deleitan nuestros oídos así como el clamor mañanero de los congos. Recorrer el campo montado en un caballo o mula nos permite disfrutar a mayor plenitud este maravilloso, acogedor y encantador paisaje. En el campo se vive en armonía con la naturaleza y sin dudarlo podemos apreciar la majestuosidad de la luna llena y al amanecer respiramos el aire en su máxima expresión de pureza.

Los campesinos también celebran la semana mayor organizados alrededor de sus capillas. El propio viernes santo, “el último viacrusis” se organiza en las diferentes comarcas y las doce estaciones, que simbolizan el sufrimiento de Jesucristo hacia la cruz, se desarrollan a lo largo de caminos de bestia o trochas, en las que cada familia prepara en la entrada de su finca cada estación, adornando el sitio con flores, palmeras y la cruz de madera donde realizan las oraciones con cantos acompañados por las infaltables guitarras campesinas. Lo sofocante del calor del medio día y la capa de polvo que en el periodo lluvioso se vuelve lodo no es obstáculo para que se realice esta actividad religiosa con devoción en nuestro campo. En otros casos, familias completas organizan esta actividad en el corral de sus fincas con la participación de sus vecinos cuando la capilla les queda muy distante.

Dos culturas veraniegas existen en el país a como señala el ilustre naturalista y explorador Dr. Jaime Incer Barquero, la playera (del Pacifico) y la ribereña (de Tierra Adentro). La de Tierra Adentro es la del campo y es preciso promoverla más porque es en ella donde persiste la belleza de nuestro suelo y autentica nacionalidad aun desconocida por muchos.

 

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