La Tragedia del Jamaica

Nueva Guinea, RAAS
13 de Abril de 2006
Semana Santa
hillron@hotmail.com

En el salón principal del barco se desarrollaba una fiesta de despedida del año y varias muchachas del puerto acudieron invitadas por el capitán. Entre las más bellas figuraban Gloria, Leonor, Luz y Rosa Maria. Una semana antes del evento estuvieron  practicando el baile de diversas piezas musicales que estaban de moda en Panamá para lucirse en la fiesta. Mitchel hacia viajes en su goleta cada quince días a Colón y desde allá les seleccionaba los discos para deleitarlas con el ritmo y la forma de bailarlos. Todas estaban pendientes de sus viajes, pero era Luz quien recibía los discos, mientras sus amigas acudían a su casa para aprender de Mitchel, quien les enseñaba placenteramente a cambio de una cuarta de guaro lija servido en una botellita de salsa Lea and Perrings. Además de los viajes a Colón, se ganaba la vida haciendo la travesía diaria entre Bluefields y El Bluff, trasladando pasajeros y eventualmente todo tipo de carga para los establecimientos de comerciantes chinos, quienes se habían radicado con sus familias, manteniendo el linaje sin mezclarse con los lugareños y compartiendo sus viejas costumbres en su club social, conocido popularmente como el “club chino” de Bluefields.

Mr. LeFranc, originario de Francia y con más de 15 años de vivir en el puerto, era el jefe del muelle. Se había asentado, después de 30 años de vida como marino de barcos mercantes, al encontrar la mujer de su vida. Decidió no volver a la mar ni seguir buscando el amor, porque Zoila, su mujer, era bella y le brindaba la paz y el placer que nunca encontró en incontables aventuras que sostuvo en más de sesenta puertos del Caribe, Norteamérica y Europa que visitó. Por su fama de hombre aventurero muchos decían que le habían dado un embrujo llamado “something”, haciendo que acudiera puntualmente todos los días a su casa a las cinco y treinta minutos de la tarde después de concluir su trabajo. En ocasiones, cuando las exigencias del trabajo no se lo permitían, Zoila llegaba a buscarlo al muelle y todos los hombres sin excepción, tanto estibadores como marinos y trabajadores de la aduana, se babeaban al verla caminar con estilo erguido, de cintura estrecha, caderas amplias y redondas, pechos protuberantes y sólidos, pelo lacio caído hasta sus hombros y ojos negros intensos con forma de almendra.

  ¡No la mires tanto que puede embrujarte!, decía alguno de los que sentía su fuerte presencia.

-         ¡Cuidado pisas su sombra porque puedes enloquecerte por su amor!, decía otro.

 Ese temor hacía la bella Zoila solamente Mr. LeFranc pudo superarlo. Asumió el riesgo de cortejarla y, al ser correspondido por el amor apasionado de ella, quedó encantado de la vida en tierra firme.

 Para el evento, Mr. Lefranc contrató una cuadrilla de estibadores, compuesta de cincuenta hombres provenientes la mayoría de Bluefields, con el fin de poner toda la carga desembarcada de diferentes barcos, que arribaron al puerto en la semana, en el lugar preciso. Los barriles de combustible eran bajados por grandes mástiles de madera movidos por fuerza mecánica y humana, envueltos en redes de mecate que caían en el muelle sobre llantas, los que al rebotar eran atrapados al instante por los estibadores para rodarlos hacia un sitio transitorio. Felipe, asistente de Mr. LeFranc y responsable de Bodega, dispuso que todos los barriles que contenían gasolina para avión fueran acomodados a lo largo de la pared de la bodega, siguiendo el orden los que contenían gasolina, kerosén y diesel. Más de mil quinientos barriles de cincuenta y cinco galones fueron acomodados a lo largo del muelle. La gasolina de avión era trasladada hacia Bluefields y Puerto Cabezas por barco para el suministro de los aviones que volaban desde Managua, haciendo escala por La Libertad, pueblo minero de Chontales, a su regreso. Una vez que acomodaron los barriles, Felipe decidió que el muelle debía ser lavado a lo largo y ancho con agua y detergente para quitarle los restos de combustible. Tres horas pasaron los cincuenta hombres sacando agua de la bahía y esparciéndola sobre la vieja madera del muelle, restregándola con cepillos en grupos de diez, hasta quedar totalmente escurrido y seco por el inclemente sol de la tarde. Su brillo era tan intenso que la madera aparentaba estar recién maqueada.

Los estibadores recibieron doble paga al concluir su labor y, a las cuatro de la tarde, los Bluefileños se trasladaron en el barco de Mitchel a sus casas. Al llegar a Bluefields una hora después, trasladó de regreso a El Bluff a invitados de la ciudad, entre los que figuraban el juez local, el alcalde, el jefe de policía y el diputado eterno ante el congreso nacional, todos acompañados de sus esposas y amigas cercanas para embellecer aún más la ocasión.

El muelle estaba iluminado por faroles que se alimentaban de kerosén y el barco brillaba como un diamante sin importar las toneladas de carbón que se pudieran consumir esa noche. Tenía varios días de estar atracado en el muelle. Era de hierro con miles de remaches en su casco y la energía para moverlo la brindaba una enorme caldera de vapor. Como de costumbre, en la popa tenia izada la bandera de Jamaica de donde era originario y, desde el borde dos metros hacia abajo, su nombre en grandes letras pintadas de verde acuñadas en el hierro: Jamaica. Hacia sus travesías entre el puerto de El Bluff y Jamaica así como entre las antillas menores, New Orleans y Panamá. La carga completa había sido desembarcada en el muelle de madera y esperaban en los próximos días a cinco lanchones, que desde El Rama y rió arriba, trasladaban bananos, hule y cacao cuyo destino final era New Orleans haciendo escala en Kingston.

Tuitui observaba desde el muelle como hipnotizado al barco iluminado y el movimiento de gente que entusiasmada entraba a la fiesta vistiendo sus mejores trajes.

         ¡Mañana tendré que hacer varios viajes de carbón!, pensó.

Su trabajo consistía en trasladar desde la carbonera el carbón mineral que los barcos noruegos, alemanes, ingleses, panameños y estadounidenses en cada travesía descargaban para posteriormente volver a reabastecerse. Entre los diferentes barcos que atracaban en el puerto fueron creando ese sitio, llamado por todos “la carbonera”, funcionando como una bodega común. El controlaba exactamente la cantidad de carbón que le tocaba a cada uno, sin llevar cuenta alguna en papel, porque no sabía escribir. Con una pala cargaba su pequeño bote de velas y lo trasladaba para alimentar las bodegas de los barcos.

Los guardias del guardacostas, desde un extremo del muelle, acantonados en el sitio que eternamente han ocupado, jugaban una partida de naipes y de reojo estaban a la expectativa de lo que sucedía sin prestar la debida importancia, porque su comandante y los altos oficiales con sus esposas, también estaban entre los invitados y podían entretenerse sin ser sancionados.

La noche estaba esplendida. Iluminada por miles de estrellas que en conjunto con las luces del Jamaica y los faroles del muelle hacían que el puerto se observara con claridad desde la punta de Old Bank en Bluefields. La brisa del mar se hacia sentir por repentinas rachas de viento que azotaban la bahía provenientes del norte, donde se ubica la playa del Tortuguero. La corriente de la bahía era cada vez más intensa, con dirección hacia la barra y rugía con su sonido característico tensando las amarras del barco, que provocaba un leve movimiento del muelle. En el otro extremo del puerto, en el muelle de los barcos pesqueros, la corriente se sentía con más fuerza debido a su proximidad a la barra. Estaban amarrados en hileras de cuatro para contrarrestar la corriente y el pequeño muelle no tenía cupo para más debido a que la flota de quince barcos estaba en puerto. Los vigilantes del muelle estaban nerviosos porque oían el rugido del mar al encontrarse con las aguas de la bahía y el rechinar de los barcos, al hacer contacto entre ellos, como tratando se desprenderse de sus amarras atraídos por algo sobrenatural.

La fiesta del Jamaica ya estaba animada. Los invitados bailaban en el salón y algunos marineros, convertidos para esa ocasión en meseros, atendían con bocadillos y tragos de ron jamaiquino. El salón era amplio, en sus cuatro costados habían colocado sillas para los  asistentes mientras que en el centro se destacaba una mesa larga que contenía comida tradicional de Jamaica, sobresaliendo redondas y pequeñas piezas horneadas de pan hecho a base de yuca y botellas de ron en abundancia. Incansables bailaban Luz, Leonor y Rosa Maria deleitando a los presentes con sus movimientos graciosos. En un extremo del salón estaban reunidos el comandante del puerto, el jefe de policía, el alcalde y el diputado quienes conversaban sobre la instalación de la nueva planta de energía eléctrica en la ciudad de Bluefields.

Al fin vamos a contar con energía eléctrica por doce horas en nuestra querida ciudad, dijo el diputado.

Ustedes no se imaginan lo que me ha costado para que el congreso aprobara el presupuesto, fueron meses de gestión, añadió.

El alcalde llevaba tres años en la silla edilicia y la gente de la ciudad cuestionaba su administración porque no se conocía obra de progreso alguna desde que asumió el cargo.

Al final esa será la mayor obra de progreso en la ciudad bajo mi administración y estoy seguro que me recordarán, por los siglos de los siglos, porque nadie podrá evitar que ponga una placa grande con mi nombre cuando inaugure la planta eléctrica, dijo con aire de orgullo.

El jefe de policía, originario del Pacifico, ostentaba el grado de mayor y desempeñaba sus funciones con unos quince guardias rasos, dos tenientes y un capitán, todos del centro del país. Su cuartel general estaba ubicado en el barrio Punta Fría y, como en la ciudad casi nunca se daban delitos que merecían mover su tropa, los guardias se mantenían ocupados dándole brillo a los dos viejos cañones, rescatados de un galeón ingles que se hundió en la época del rey mosco, instalados frente al cuartel, como si con ellos lo pudieran defender de alguna amenaza.

Ojala, mi querido alcalde, pronto se de el traslado de esa planta eléctrica a la ciudad. Le prometo que de ser así, mi cuartel se mantendrá ocupado, pues vamos a movilizarnos por las noches para controlar a todos esos vagos y borrachos, y si los putales no cumplen con el horario establecido, los cerramos y echamos presas a las putas, así todos nos beneficiamos con las multas, dijo el jefe de la policía.

Continuaron la plática, mientras sus esposas conversaban animadamente temas sobre moda y reían a carcajadas al ver bailar a Leonor y Rosa Maria con el capitán del Jamaica, influenciadas por el efecto de los tragos del ron jamaiquino que contenía 50 grados de alcohol.

El resto de la tripulación, principalmente los marinos que no hacían de meseros atendiendo a los invitados, se encontraban también celebrando con tragos de ron en la parte superior del salón, recostados en la barda de seguridad. Desde esa altura, conversaban con los habitantes del puerto que desde el muelle miraban el espectáculo. Uno de los marinos, de apellido Taylor, observó que en la proa se habían apagado seis lámparas que iluminaban esa parte del barco. Ya en estado de ebriedad, se dirigió a tratar de encenderlas. Alrededor de las lámparas todas las cuerdas se encontraban enrolladas y bien acomodadas en círculos perfectos. A ambos lados de la proa, en la cubierta principal, habían arpillado el día anterior cuatrocientas piezas de caoba roja que desde El cerro Wawashang, cercano a Pearl Lagoon, había sido trasladada para construir muebles en Jamaica.

Taylor llevaba una lata de kerosén para rellenar las lámparas y una caja de fósforos. Después de encender dos lámparas se dirigió a la tercera, cuando de pronto tropezó con las cuerdas y se desplomó en el piso, al mismo instante en que encendía el fósforo, derramándose el kerosén, los que al hacer contacto, iniciaron una pequeña llamarada. Apresurado trató de apagarla, pero el fuego seguía acentuándose entre las cuerdas y poco a poco la madera comenzó a quemarse, ardiendo por el soplo de la brisa que cada vez era más fuerte. Desesperado al ver que no podía contener el fuego gritó: ¡Ayúdenme, ayúdenme, se está quemando la madera! A su petición nadie respondió porque todos estaban en el otro extremo del barco y no podían escucharlo.

Los guardias que jugaban naipes en la punta del muelle vieron, en una de esas miradas de reojo, que se quemaba algo en la proa del Jamaica y con rapidez se movilizaron al centro del muelle donde estaba el barco. De inmediato dieron la alerta. Veinte minutos habían transcurrido desde el accidente y casi todas las amarras y la madera ardía por el fuego intenso.

Miss Lilian freía unos hermosos pargos rojos, cortados en trozos e inmersos en aceite de coco en un caldero de hierro colado y tajadas de fruta de pan, cuyos aromas se entremezclaban impregnando la cocina y el salón de algo tan exquisito que los caminantes al pasar cerca de la casa podían adivinar lo que cocinaba. Sus clientes se tomaban un cuartito de guarón en la sala y disfrutaban bailando la canción de moda “una linda mujer” cuyo ritmo sonaba en la vieja vitrola. Ese disco era uno de los tantos que Mitchel había llevado a Luz y por insistencia de Miss Lilian se lo había prestado por esa noche. Al  asomarse por la ventana, en una de las tantas veces que lo hacia, pudo observar el humo que se desprendía del lado del muelle.

¡Herrera!, gritó, seguido a lo inmediato con tono de alarma: ¡Veo fuego en el muelle!

Le gritaba a su hombre que hacia la labor de mesero. Herrera no le hizo caso por estar disfrutando del baile de las mujeres, cuyos movimientos eran cada vez más sensuales y expresivos al calor de los tragos.  Por segunda vez volvió a gritarle:

¡Herrara, cabrón, te digo que hay un fuego en el muelle!, ¡Apúrate que algo se esta quemando!

Al asomarse al fin por la ventana, el ex miembro de la Guardia, sargento en retiro, pudo ver que en realidad había un incendio y sin pensarlo dos veces dio la alarma a sus clientes, los que juntos con él, salieron corriendo apresurados hacia el muelle con curiosidad de ver lo que pasaba.

En su veloz carrera, Herrera pasó gritando frente a la casa de Mr. Lefranc: ¡Se está quemando el muelle!, ¡Hay un incendio en el muelle!

Mr. Lefranc en esos momentos disfrutaba los placeres del amor que Zoila le brindaba para después acudir a la fiesta. Al oír los gritos, tomó su ropa a toda prisa, se vistió, se puso los zapatos y bajó velozmente las veinticinco gradas que lo condujeron al pasillo que separa el cuartel de la guardia y la bodega de la aduana y, al salir al muelle, observó la llamarada intensa en la popa del Jamaica. Desconcertado por el fuego, lo primero en pensar fue que los mil quinientos barriles de combustible se quemarían, arrasando con el muelle de madera, las bodegas y casas cercanas provocando fuertes explosiones que harían desaparecer el puerto. Giró su mirada a la derecha y observó que los guardias soltaban el barco guardacostas, en esos tiempos construido de madera, para alejarlo y evitar que se quemara. Sin dudarlo comenzó a gritarles desesperadamente a los guardias y a los que se había aglomerado en el muelle: ¡Suelten rápido las amarras del Jamaica!, ¡Corten las malditas cuerdas!, ¡Dejen que se lo lleve la corriente!

Los habitantes del puerto que admiraban desde el muelle la fiesta salieron horrorizados por las intensas llamas y el riesgo de las explosiones. Apresurados pasaban gritando en su carrera por las casas: ¡Se quema el Jamaica!, ¡Se va a quemar el muelle!, ¡Van a explotar los barriles!, ¡Salgan de sus casas! La gente al ver correr despavoridos a los que daban el aviso, comenzó a salir de sus casas y se dirigieron hacia el este de puerto, buscando refugio en la loma del faro, el que con sus luces indicaba a los barcos su cercanía a tierra firme.  

Todos estaban desconcertados sin saber que hacer. De pronto, Herrera tomó un hacha que tenían los guardias y comenzó a cortar cada una de las gruesas cuerdas con velocidad nunca antes vista en el puerto, aun cuando el capitán y el primer maestre oponían resistencia clamando a gritos desde el barco: ¡Nosotros vamos a apagar el incendio!, ¡No lo suelten!, ¡Por favor, no suelten el barco!

El capitán de manera apresurada trataba de movilizar a su tripulación para sofocar las llamas que ya habían devorado la madera, las cuerdas y poco a poco se trasladaba hacia la enorme chimenea. Los marinos corrían borrachos sin saber que hacer. Las amarras ya habían sido cortadas y los invitados seguían en la fiesta sin darse cuenta que el Jamaica se quemaba a la deriva arrastrado por la corriente. En las aguas de la bahía, a unos diez metros del muelle, todos los invitados se salieron del salón al darse cuenta del incendio y gritaban: ¡Auxilio!, ¡Auxilio!, ¡Por favor, sáquennos del barco!

Mitchel, como por obra de magia, apareció con su pequeña goleta acercándose al costado derecho del Jamaica gritando:

¡Vuélense  al agua! ¡Vuélense al agua! ¡Los voy a detener con mi bote para que no se los lleve la corriente!

Sin pensarlo se fueron lanzando del barco, primero las mujeres y luego los hombres, mientras Mitchel les tiraba cuerdas para que se sostuvieran y pudieran subirse al bote. Por gracias divinas todos salieron ilesos y sin los efectos del ron, el que despareció por el temor de morir quemados en el Jamaica.

En el muelle de los barcos pesqueros ya se había dado la alarma por parte de los vigilantes. Todos los marinos que descansaban en sus camarotes salieron con el alboroto y, con largas varas de más de tres metros de largo, se instalaron en los barcos más alejados del muelle, esperando que el Jamaica en llamas no hiciera impacto en ellos y poder así empujarlo para evitar un incendio mayor. Al pasar cerca de ellos lo empujaban con fuerza pudiendo alejarlo. Todo el Jamaica ardía envuelto en grandes llamas que tenían una altura de más de cuatro metros. Luego de pasar por los barcos pesqueros se encalló en una pequeña ensenada donde terminó de quemarse totalmente.

Con el paso del tiempo, “la carbonera” dejo de existir porque los barcos ya no utilizaban carbón para alimentar las calderas y moverse en el mar. Tuitui se quedo sin su empleo pero encontró en los restos del Jamaica una nueva forma de ganarse la vida. Todas las noches, por más de diez años, se podían observar luces y escuchar un constante martillar en el casco quemado por el incendio aquella noche de fin de año. La gente del puerto aseguraba que en el Jamaica había fantasmas, que estaba embrujado. Tuitui encendía dos lámparas para poder desprender todo el hierro del Jamaica a punto de mazo y cincel, trasladando lo obtenido, muy temprano al salir el sol, hacia Bluefields, donde lo vendía a herreros y a todos aquellos que necesitaban del hierro para poder construir cualquier objeto posible. Hasta su casa de hierro logró construir, en plena bahía, frente al muelle de “la mercantil”, unida a tierra firme por un muelle colgante del mismo metal.

Muchos años después que el Jamaica tuviera su trágico destino, miles piezas que fueron parte de el se encuentran dispersas por la ciudad de Bluefields, al igual que su recuerdo. Navegando mantuvo unida esa región de Nicaragua con muchas islas y más allá, por medio del intercambio de mercancías y compartiendo esa particular forma de vida caribeña.

 

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